Luego de diez años de ausencia, arriba a su reino en busca de paz un caballero; pero la guerra santa se sigue librando en su interior. Por eso, cuando la muerte se presenta, él no teme; la desafía, confundiendo su atormentada cavilación con el don de la inteligencia: “Mi cuerpo está listo para ti, mi alma no".
Nuestro protagonista, interpretado por el espléndido Max von Sydow, es el intelectual obsesionado por el silencio de dios (¿Se puede hacer algo, acaso, para enfrentar la nada?). Proyecta la enajenación de su vida, que no conoce el trabajo, al mundo, adjudicándole a tal condición el lugar de esencia; y contempla aterrorizado el estúpido ambiente medieval. No entiende que la procesión de inválidos que se azotan entre sí tiene por fundamento a la sociedad que lo corona como rey y no a una ontología. ¿Mas cómo habría de entenderlo? Sus pares no le importan. El caballero sufre por lo más inmediato de su propia experiencia, por no poder disfrutar lo que se posee. Motivo por el cual, queriendo contrariar al destino, juega una partida de ajedrez donde cada ficha que pierde es una persona de su entorno que la muerte toma en su poder. El caballero de esta forma cree arriesgarse, poniendo en juego su vida, cuando en realidad sólo pone en juego y pierde la de lo demás. Sin embargo, él no lo termina de entender, y en una jugada, a cambio de perder a su esposa, el escudero y sus sirvientes, decide salvar a una familia de artistas.
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| Escena de El séptimo sello (Det sjunde inseglet, 1957) |
Acción en la que parece decidir más Ingmar Bergman que los hilos internos del guion; pero que es presentada como una jugada maestra, aunque no precisamente del caballero. Porque el padre de la familia de artistas, el juglar, es el único que ve a Dios -encarnado en la virgen-. También es el único que sin estar por morir ve la figura de la muerte. De este modo, a través de él, nómade Orfeo, Bergman nos hace saber -o mejor dicho creer- que Dios existe y que las dudas del caballero son las que provocan su silencio, que es una forma de su ira. Y que si alguien merece su palabra no es el sabio ni el poderoso, sino el juglar.
Altivo sufre el caballero, creyendo merecer la atención divina; es detestable. En cambio el juglar es como el rocío, ayuda hermosamente al resto de los seres a vivir. Su vocación es un trabajo misterioso e incomprendido, pero le brinda lo único que necesita: la creación de algo igual o mejor al resto de las cosas. Es un pequeño Dios, apreciado hasta por la muerte. La cual no es engañada por el caballero; por el contrario, la aparición del juglar en el tablero es su última jugada. Ella, nos señala el director, invitándonos a reflexionar sobre nuestras acciones -y reencantando a la vez el mundo-, sabe muy bien a quién se lleva y a quién no.
10/04/2017
Bryam Herrera Jurado

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