10 oct 2023

La casa

Todo comenzó con un café. Con mamá y yo abrazados a un armario en la caja de una camioneta, y con papá al lado nuestro hablando a gritos con su nuevo jefe. Yo estaba entonces terminando la primaria y desde que papá era sereno nos mudábamos una o dos veces al año, yendo a vivir a baldíos y a obras en construcción, especialmente en el sur de la provincia de Buenos Aires. Pero esta vez -y por fin, suspiraba mamá- íbamos a vivir en el centro, en la Capital, a la orilla de un inmenso agujero donde se iban a colocar los cimientos de un costoso edificio. 

Somos como caracoles, recuerdo que comentó papá contemplando el pequeño precipicio que caía desde nuestra ventana, siempre con la casa a cuestas. Pero no todos podían llamar a aquello una casa, o al menos eso aseguraba mamá.. Acá había una, sí, y hasta habrá diez u once pisos de casas, pero ahora ni siquiera tiene timbre.

Papá, que al principio trataba de defenderse, se había ido acostumbrando a estos reproches y al final se limitaba a fingir aflicción o algo de ofensa. Porque bien sabíamos que no le molestaba en absoluto. Pasar toda la noche linterna en mano, dando vueltas cada una o dos horas por la oscuridad, escuchando la radio, o intentado acomodar mejor la antena de la tele en las vigas; no sólo no le molestaba, sino que se había vuelto su profesión, y todos en las obras, desde el primer arquitecto al último ayudante, admiraban aquella paz tan cercana a la alegría que veían en aquel hombre cuyo oficio para todos era poco envidiable. Porque, aunque durase oficialmente entre 10 y 12 horas su jornada laboral, papá debía estar alerta las 24 horas del día. Nunca faltaba algún contratista desconfiado, o algún obrero que no tuviese donde pasar la noche y que llamara a la puerta a cualquier hora. Peor, me decía a veces luego de las discusiones con mamá, es no tener laburo.

Recuerdo verlo afuera por la mañana, tomando mate y mirando los tonos del cielo que suavemente esclarecía; y llamarlo para desayunar los tres juntos, antes de que mamá fuese a trabajar y yo a la escuela. Sospecho que él aprovecharía esos momentos en que no estábamos para darle las llaves del baldío a algún compañero y echarse un rato, porque, a decir verdad, salvo los fines de semana, nunca lo veía durmiendo.

A veces faltaba la plata, y eso sí, aunque intentase ocultarlo, le molestaba (especialmente porque él sabía, estoy seguro, que lo de mamá tarde o temprano iba ocurrir). Pero fingía estar tranquilo. E invitándome a pasear emprendíamos nuestras pequeñas aventuras por el barrio. Doy un ejemplo: mi primera bicicleta la encontramos en la calle, papá la arregló y al poco tiempo la tuvimos que vender. Lo mismo con la segunda y con los variopintos muebles que íbamos trayendo a casa. Acá ya no se puede caminar de tanta cosa, decía, y al volver de la escuela frente a la tele había una reposera y ya no un sofá. Mamá se enojaba y los dos empezaban una vez más; invitándome a que saliese a arreglar la antena de la televisión. Luego papá también salía ofreciéndome su ayuda y hablábamos del partido de Boca que debíamos intentar ver esa noche.

Todo esto al principio llegó a parecerme algo normal. E inclusive hasta me gustaba pasar las tardes recorriendo el barrio en nuestras pequeñas aventuras. Pero cuando cumplí trece años e ingresé al secundario, empecé a entender mejor a mamá. Por aquel entonces seguíamos viviendo en el centro, en Recoleta, en una obra que no se podía continuar por problemas con la sucesión de los herederos que habían vendido el terreno, y por primera vez empezaron a importarme cosas tan simples como un timbre en la puerta o un reloj en la pared. O más serio aún, el tener una madre, porque mamá hacía un año que no estaba.

Fue difícil, porque por un lado faltaba dinero, pero papá no quería que yo trabaje, así que multiplicó sus recorridos por el barrio, empezó a hacer changas y hasta creo que entró en algún negocio irregular con algún contratista. Y yo, si bien se había dicho que sólo iba a estudiar, empecé a ayudar con los quehaceres de la casa. Primero una barrida de vez en cuando, luego los almuerzos y al final hasta lavar la ropa. Debo admitir con algo de vergüenza que esto último más que por papá lo hacía por mí. Es que era bastante poca mi ropa como para que además no estuviera limpia. Él debió entenderlo, viéndolo como un anticipo de lo que parecía inevitable, porque una tarde en que llegué y la merienda ya estaba preparada, me dijo que tenía un anuncio. Yo pensé primero en mamá; luego, de forma más realista, en que me iba a decir de ir a buscar un mueble a la casa de alguna anciana a la que había convencido de que él era un excelente tapicero. Pero no era ninguna de las dos cosas, me dijo, y sin darme cuenta bebí de su café, que estaba amargo, no tenía ni una sola cucharada de azúcar, y estaba frío, y vi por primera vez los nervios y la ansiedad en las ojeras de su rostro. Hablé con el arquitecto, repitió dos veces, y cuando esté lista la construcción voy a ser el encargado de este edificio. ¿Oíste eso? Esta va a ser nuestra casa.


01/09/2020

Bryam Herrera Jurado 

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